Siempre ha estado presente en mí la inquietud de saber si la vida del ser humano es algo fortuito, o tiene un destino trazado que deberá inexorablemente cumplir.
Ahora siendo una mujer sexagenaria, aún no he encontrado respuesta a mis permanentes preguntas del porqué de los sucesos que nos acometen en esta vida.
Solamente he podido determinar con mi experiencia de vida, que hay tres motores que nos hacen funcionar, el amor, la voluntad y el odio. El amor por la vida, la voluntad de sostenerse en pos de un objetivo, ideal o lo que sea, y el odio que nos hace sentir la impotencia cuando todo parece imposible. Se que llama mucho la atención hablar del odio como un motor que nos hace avanzar, pero este sentido tan negativo para muchos es el que me ha dado valor ante la adversidad alejándome de la depresión o el abandono. Creo que en muchas oportunidades me ha servido, aunque debo asumir que esta energía mal usada es totalmente destructiva.
Todo esto está relacionado con los condicionamientos de mi existencia. Nací en un hogar por demás humilde, de padres campesinos y sin demasiado estudio. En aquéllos años, me refiero a mis padres, los jóvenes campesinos no tenían posibilidad alguna siquiera de terminar sus estudios primarios, porque las escuelas no tenían la totalidad de los grados correspondientes a esta formación, a la vez que los niños eran formados en el trabajo cuyas tareas eran prestar apoyo en el cuidado de las chacras y animales de sus progenitores.
Mis padres provenían de esa formación que a la vez era dictatorial, debían cumplir con sus obligaciones y asistir a clase regularmente, a la vez que su formación religiosa era por demás estricta.
No obstante, mis padres se casaron en estos parajes y emigraron hacia la ciudad donde formaron su familia.
Y aquí comienza mi historia personal. ¿Cómo se educa a niños cuando se carece de información y formación?. Si esta situación, es demostración de abandono de parte de las autoridades de una Nación, es de imaginar lo que sería en la década de los cuarenta, cuando los obreros eran mal pagados, aún aquéllos que tenían relación de dependencia, y cuyos salarios no alcanzaban para poder mandar a sus hijos a colegios privados, era el auge en esa época de las escuelas de monjas en el caso de las niñas.
Y así comenzó mi infancia, creciendo en compañía de dos hermanas, una con síndrome de Down, y un padre cuyas virtudes eran muchas pero que lo devoraba el vicio por conquistar mujeres, que hizo nuestro hogar se transformara en un lugar donde las carencias estaban siempre a la orden del día.
Mi madre, a pesar de su origen campesino, trataba de salir adelante pese a la infidelidad de mi padre, que a la par de ser mujeriego, no traía todo el dinero producto de su trabajo, po cuanto lo dejaba con las mujeres de su conquista. Para suplir esta carencia ella trabajaba denodadamente en casa bordando manteles, ajuares, o ropa blanca, trabajo éste que jamás era bien remunerado.
En definitiva, nací en una ciudad importante, donde por sus calles empedradas circulaban desde carruajes de paseo o carrozas mortuorias exquisitamente ornamentadas y tirados por hermosos corceles, hasta carros y jardineras cargados con verduras o tachos de leche que vendían casa por casa.
Viví todos los cambios que pasaron vertiginosamente frente a mis ojos , desde la era de la radio a la tv, y luego a la informática, desde golpes de estado hasta gobiernos democráticos, absolutamente todo lo imaginable, y la rápida transformación de mi ciudad y sus entornos, hoy polos de turismo.
Pero mientras todo esto acontecía a mi alrededor, mi vida era de un gris profundo, posiblemente en medicina se le llamaría depresión, pero... ¿puede una niña tener depresión a los seis años de vida?. Es un tema para la sicología, pero de nada serviría porque lo que ellos llamarían depresión, era solo consecuencia de la situación en que mis padres me habían puesto a temprana edad.
Y aquí la pregunta existencialista... ¿existe Dios? o es solo un argumento para justificar el abandono que hacen aquéllos que son responsables de velar por la vida de los niños. Estoy segura que es solo un argumento para no cargar con la responsabilidad que les compete a cada funcionario y empleado del gobierno de turno.
En mi caso sufrí la discriminación inimaginable para cualquier mortal, en mi inicio escolar, por cuanto la causa eran mis nombres, inapropiados para la época ya que eran de origen italiano pero que nadie utlizaba, pues era una época de Marías, Ineses, Gracielas, Catalinas, Griseldas, etc., pero en toda mi vida jamás encontré persona alguna que llevara los míos, que causaban gracia cuando los decía tanto a niños como a adultos, quienes por lo general se burlaban de ellos sin misericordia, transformándome en una niña triste y solitaria, incapaz de pronunciar su nombre sin ponerse colorada, y que a cada paso por los distintos niveles de su escolaridad, hacían casi imposible evitar el sufrimiento que su sola mención le causaban.
Jamás escuché a docente alguno expresar al alumnado, al escuchar las risitas ante su mención, explicarles que eran nombres que enorgullecían a los ciudadanos de Italia, sus fundadores se llamaban así, uno de ellos lo tenía, y el otro nombre era originario de España, lo llevó una joven reina, de la que todo un pueblo sentía orgullo.
Claro está, cuando niña no sabía el origen de mis nombres, porque de haberlo sabido, mis herramientas hubiesen sido otras, y no hubiese sido ni por asomo una niña tímida a merced de la intolerancia humana, a la vez que en compañía de mi hermana Down también debía soportar la otra andanada de ataques sicológicos de las burlas de quienes no aceptaban a un niño o niña de esta condición.
Hoy siento que mi búsqueda no ha terminado, que cargo con importantes frustraciones que me han impedido construir mi mundo y el de mis hijos, sé que la educación es fundamental en el juego del destino, sé por ejemplo que hay cosas que indefectiblemente no podemos trazar, pero fundamentalmente el contar con la información y conocimiento apropiado, abre infinitas puertas para el logro de nuestros objetivos, y sé también que cada día debo aprender a vivir, pero que absolutamente es tarde para recomponer situaciones generadas por decisiones equivocadas.
Por último, sé que la felicidad no es algo imposible, para ello debemos nutrirnos cada día del conocimiento, y pienso que de haberlo poseído mi destino hubiese sido otro. Pero aún sigo buscando respuestas y aprendiendo a cada instante cosas nuevas y sorprendentes, y si hay algo de lo que estoy agradecida, es de este valioso instrumento, la informática, que sus geniales creadores han puesto en nuestras manos para ayudarnos a crecer cada día un poco más.